Julia Evelyn Martínez (*)
Miércoles, 16 Mayo 2012
Dedicado a Melissa Salgado
que me animó a escribir este texto
SAN SALVADOR - El profesor Aquiles Montoya solía decir que el
primer libro texto que todo estudiante de economía debía tener
es la obra de Adam Smith, “Estudio sobre la naturaleza y causa de La Riqueza de las Naciones”.
Su propuesta estaba basada en dos argumentos. En primer lugar,
porque en esta obra se encuentran planteados los grandes temas y debates
sobre los cuales deben reflexionar y proponer soluciones los y las economistas
de todas las épocas. Y en segundo lugar, porque él sostenía que:
“Sí al final los estudiantes se hacen economistas de derecha, al menos podrían
llegar a ser buenos economistas de derecha”.
He recordado esta anécdota
en ocasión de algunas preguntas sobre la vida y la obra de Adam Smith que
me han formulado algunos/as estudiantes y ex – estudiantes de economía de la UCA, suscitadas por la
reciente publicación de mi columna “Adam Smith tenía razón” en este mismo
medio. Abusando de la generosidad editorial de Contrapunto, me he tomado la
libertad de escribir en este espacio una breve reseña de lo que en mi opinión
son algunas de las principales ideas de este autor acerca de la
distribución en las sociedades capitalistas.
En primer lugar, es preciso
establecer que Adam Smith no fue un plumífero a sueldo de algún
sector o fracción de la clase capitalista de su época y tampoco fue un ideólogo
(en el sentido peyorativo del término) que elaboraba los discursos y/o
argumentos para el advocacy empresarial del siglo XVIII.
Adam Smith fue ante todo y sobre todo, un
hombre y un intelectual de su época. Este talante le permitió combinar su
reflexión teórica como profesor de economía política y de filosofía moral
en la Universidad
de Glasgow (Escocia) con la experiencia práctica de varias viajes de
estudios por Europa, durante los cuales entablo relación directa con los
grandes filósofos de la
Ilustración Francesa e Inglesa, además de que le
permitió constatar de primera mano, las grandes transformaciones en la
agricultura y en la manufactura que se estaban operando en muchas regiones
europeas bajo el liderazgo de los empresarios capitalistas. También
conoció en este período de su vida, los sentimientos y conductas de la
clase capitalista en ascenso.
A partir de todas estas
experiencias, Adam Smith comprendió las enormes potencialidades que el
capitalismo tiene para crear riqueza para las naciones (Carlos Marx
reconocería esta capacidad del capitalismo en el Manifiesto
Comunista de 1848), pero también llegó a la conclusión que,
paradójicamente, la capacidad del sistema capitalista de generar riqueza
y bienestar para las naciones se encuentra amenazado por la codicia de la clase
capitalista.
En este punto, es importante
comprender la diferencia que Adam Smith hacía entre la
codicia y el egoísmo así como los diferentes resultados que cabe esperar
en la sociedad de cada una de estas conductas.
Unos años antes (1759) de la publicación
de la Riqueza
de las Naciones, A. Smith publico sus lecciones de la cátedra de
filosofía moral de la
Universidad de Glasgow bajo el título “La teoría de los
sentimientos morales”, obra en donde estableció claramente las diferencias
entre conductas originadas por los vicios y las conductas originadas por
sentimientos naturales. En esta obra, el autor se opuso férreamente al
relativismo moral que se derivaba de la sátira de Bernard de Mandeville,
en la “Fábulas de las Abejas” (1714) que tenía como moraleja
que “los vicios privados se convierten en virtudes públicas”. En esta
fábula se narra cómo en un panal de abejas donde predominan conductas como la
estafa, el robo, la glotonería, la ostentación, la lujuria y la
codicia, se podía favorecer el desarrollo de la industria y
de la riqueza, debido a que estos vicios creaban demandas sociales que se
traducían en empleos e inversiones privadas y/o públicas dentro del
panal.
Adam Smith rechazó ese relativismo moral y
sostuvo en cambio que la codicia (deseo insaciable de riquezas sin
importar el medio para satisfacerlo) es el resultado de un vicio (conducta
indeseable), mientras que el egoísmo (anteponer el interés personal al
interés de los demás) es un sentimiento natural, que cuando se
manifiesta en un contexto personal y social en donde prevalecen los
sentimientos morales (compasión, benevolencia, altruismo, empatía) puede
lograr el bienestar de toda la sociedad. En este contexto de orden moral, para
A. Smith el egoísmo se transforma en una especie de “mano invisible” que
conduce a que el interés privado actúe como motor de búsqueda del bienestar de
la sociedad. Esta idea la plasmó posteriormente en “La Riqueza de las Naciones”
de la siguiente manera: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o
del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su
propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni
les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”. (p. 17).
Si nos enfocamos en su obra “La Riqueza de las Naciones”,
caeremos en la cuenta que el objetivo fundamental del autor es
demostrar que el sistema capitalista es el mejor sistema para incrementar la
riqueza de las naciones. Sobre el tema de la riqueza, es importante reparar en el
hecho que para Adam Smith no solo se trata de trata de aumentar el valor
de la riqueza social anual en el tiempo (crecimiento económico) sino que
es importante asegurar que esa riqueza se traduzca en un mayor bienestar para
sus habitantes: “Conviene advertir la implicación de que el bienestar de la
nación debe calcularse por el bienestar promedio de sus miembros, y no por el
agregado”. (nota 3, página 3), y eso se lograría aumentando de manera
permanente y sostenida los ingresos de la mayoría de la sociedad, y no
solo los de una parte de ella.
Sobre el papel específico que el trabajo y
el capital desempeñan en el proceso de creación de la riqueza, Adam Smith
señaló que la causa de la riqueza es siempre y en todo lugar el resultado
del trabajo humano, pero que el capital es el medio que permite que ese
trabajo pueda destinarse a usos productivos, es decir a producir riqueza, en
lugar de destinarse a usos improductivos, como el ejército, la
burocracia y la iglesia, que están formados por personas que viven
a expensas de la riqueza que producen los trabajadores productivos. A partir de
estos supuestos, Adam Smith dedujo que solo un proceso
creciente acumulación de capital puede asegurar año tras año que aumente la
cantidad de trabajo productivo y con ello la riqueza y el bienestar de la
mayoría de la sociedad.
Sin embargo, para Adam Smith el vinculo
entre el riqueza y bienestar de la mayoría de la sociedad no se daba de
forma automática, sino que presupone que se cumpla una condición fundamental: a
medida que aumenta la acumulación de capital debe incrementarse la cantidad de
trabajadores/as empleados por las empresas capitalistas al mismo tiempo que se
deben incrementar los salarios de la clase trabajadora.
Probablemente debido a que escribió “La Riqueza de las Naciones,” en una fase previa
a la revolución industrial en Inglaterra, este autor estaba
convencido que mayores tasas de inversión de capital generarían siempre mayores
volúmenes de empleo y mejores salarios.
A partir de este vínculo, Adam Smith
afirma que si se aspira a desarrollar una sociedad mediante el
incremento de la riqueza, se deben crear y/o fortalecer las condiciones
para que la acumulación de capital ocurra de manera interrumpida y creciente.
Entre estas condiciones, le asignó un lugar destacado la existencia
de condiciones de libre, efectiva y leal competencia entre las empresas
capitalistas y a la erradicación de todas las medidas
gubernamentales diseñadas para otorgar privilegios a las empresas (subsidios,
incentivos, exenciones, monopolios, etc.).
Sin embargo, en este modelo ideal de
creación de riqueza, Adam Smith reconoció que la conducta de la clase
capitalista no siempre es la conducta que se necesita para que el
capitalismo logre los resultados que se esperan de éste sistema
económico. Ciertamente sostiene que los empresarios son la
única clase social que puede acumular capital, porque son los únicos que
practican la “austeridad y la parsimonia” y que pueden diferir su consumo
presente para el futuro. Pero le preocupaba que la codicia de esta
clase les impidiera conectar su avidez por las ganancias de corto plazo
con los intereses de la mayoría de la sociedad, que está formada por
trabajadores y trabajadoras. Una de estas conductas en opinión de A. Smith es
la actitud de los capitalistas frente a los salarios de los trabajadores. Al
respecto señala que: “Los salarios del trabajo dependen generalmente, por
doquier, del acuerdo concertado por lo común entre estas dos partes
(trabajadores y empresarios), y cuyos intereses difícilmente coinciden. El
operario desea sacar lo más posible, y los patronos dar lo menos que puedan.
Los obreros están siempre dispuestos a concertarse para elevar los salarios, y
los patronos, para rebajarlos” (página 65)
Esta pugna de intereses encontrados sin
embargo se desarrolla de acuerdo a A. Smith en un contexto de relaciones
de poder asimétricas, que conducen a la imposición de los intereses
coyunturales de los capitalistas sobre las demandas de la clase trabajadora:
“Los patronos siendo menos en número, se pueden poner de acuerdo más
fácilmente, además de que las leyes autorizan sus asociaciones o, por lo menos,
no las prohíben, mientras que en el caso de los trabajadores, las
desautorizan” (p. 65), con el agravante que los patronos pueden resistir
más tiempo una huelga que los trabajadores: “La mayor parte de los trabajadores
no podrán resistir una semana, poco resistirán un mes, y apenas habrá uno que
soporte un año sin empleo. A largo plazo, tanto el trabajador como el patrono se
necesitan mutuamente; pero con distinta urgencia”.(Idem)
Adam Smith advierte que la clase
capitalista mantiene una especie de acuerdo para impedir que los salarios
aumenten: “Los patronos siempre y en todo lugar, mantuvieron una especie de
concierto tácito, pero constante y uniforme, para no elevar los salarios por
encima de su nivel actual (…..) Es cierto que rara vez se habla de semejantes
acuerdos: pero la razón es que no causan novedad las cosas que se tienen por
ordinarias y sabidas. Algunas veces ocurre también que los patronos celebran
acuerdos especiales para hacer descender los salarios por debajo de aquel nivel
al que acabamos de hacer referencia (salarios que aseguran la satisfacción de
las necesidades de las familias de la clase trabajadora)” (p. 65)
Pero más allá de la tendencia de la clase
capitalista a ponerse de acuerdo para no elevar los salarios e incluso para
rebajarlos, Adam Smith señaló la existencia de otra tendencia en el
comportamiento de la clase capitalista que es aún más peligrosa que la
anterior, en tanto pone en riesgo sus propios intereses de clase. Esta consiste
en la búsqueda constante de acuerdos o de favores gubernamentales (incentivos,
prebendas, subsidios) para no competir en el mercado.
¿Cuál sería la motivación que se esconde
detrás de la resistencia a competir en condiciones efectivas y leales con el
resto de empresas?. Parece que la respuesta sugerida por A. Smith se encuentra
en el comportamiento inverso entre los salarios y la tasa de ganancia
cuando existe competencia entre distintos capitales versus el comportamiento de
estas variables cuando la competencia es débil o inexistente: “El aumento
del capital que hace subir los salarios, propende a disminuir el beneficio.
Cuando los capitales de muchos comerciantes (empresarios) ricos se invierten en
el mismo negocio, la natural competencia que se hacen entre ellos tiende a
reducir su beneficio; y cuando tiene lugar un aumento de capital en las
diferentes actividades que se desempeñan en la respectiva sociedad, la misma
competencia producirá efectos similares en todas ellas (FCE, p. 8)
Es decir, en un contexto de acumulación de
capital creciente y de plena competencia entre capitales (no monopolios,
no oligopolios, no monopsonios, no incentivos gubernamentales) , los
salarios de los trabajadores aumentarían mientras la tasa de
ganancia del capital tendería a disminuir, como resultado de la lucha de
los capitalistas para ofrecer menores precio, lo que a su vez conllevaría a un
aumento en el poder adquisitivo de los salarios. Sin embargo, a pesar que esta
situación sería en opinión de Adam Smith el estado ideal de la distribución de
la riqueza y del aumento del bienestar social, la codicia de los capitalistas
les impide darse cuenta de tales ventajas para sus intereses de largo plazo, y
prefieren disminuir el nivel de acumulación de capital y/ o presionar a los
gobiernos para que les otorguen incentivos o les protejan para no competir en
condiciones de igualdad o bien optan por la colusión para restringir la
competencia en el mercado.
¿El resultado?. A. Smith lo describe así:
“La disminución del capital de la sociedad o de los fondos destinados al
mantenimiento de la industria (tasa de inversión de capital) rebaja los
salarios del trabajo e incrementa los beneficios del capital y, por
consiguiente, el interés del dinero. Al bajar los salarios, los propietarios de
los capitales que van quedando en la sociedad, pueden poner sus géneros
(mercancías) en el mercado con menos gastos que antes, y como también emplean
menos capital que anteriormente en el abastecimiento del mercado, resulta que
pueden vender más caros sus productos. Sus mercancías cuestan menos y las
venden por más: con lo cual, y al aumentar los beneficios por ambos conceptos,
pueden ofrecer un interés más alto.”(p. 92)
Pero entonces, de acuerdo a Adam Smith Y
sobreviene el estado estacionario, y los capitalistas tendrán finalmente
que caer en la cuenta de su falta de visión de largo plazo: “Las cosas
ocurrirían de otra suerte en un país donde fuesen decayendo sensiblemente
los fondos destinados a mantener la mano de obra (…) Muchos de los que
aprendieron oficios de una categoría superior, al no encontrar ocupación en
ellos, se darían por satisfechos si encontrasen trabajos de inferior
naturaleza. La clase más baja, viéndose recargada no solo con los operarios
adscritos a ella, sino con los recurrentes de otras clases, registraría una
competencia tan grande, por parte de quienes buscan empleo, que los salarios
del trabajo se reducirían al nivel de la más miserable y escasa subsistencia
del obrero. Muchos no encontrarían trabajo, ni aún a esos niveles tan
precarios; correrían el riesgo de morir de hambre, tendrían que recurrir a la
mendicidad o se hallarían expuestos a perpetuar las mayores atrocidades. La
miseria, el hambre, la mortandad prevalecerían muy pronto en esta clase
desdichada, y de ella el contagio pasaría a las superiores hasta que el número
de habitantes del país quedase reducido a los que fácilmente pueden sustentar
el ingreso y el capital que todavía quedasen en él, y hubieran escapado a la
calamidad o tiranía que destruyó al resto”. (p. 72)
Este temor sobre el futuro de la
acumulación de capital y sus efectos negativos sobre la riqueza y el bienestar
motivaron a Adam Smith a realizar una emotiva pero valiente
conclusión a partir de la exposición de la teoría de la distribución, que
todavía genera incomodidades o molestias entre los capitalistas y sus
servidores, que ingenuamente (¿?) creen que esa conclusión no se refiere a las
empresas capitalistas actuales (Grupo Poma, Grupo Agrisal, Grupo Q, Grupo
Simán, Walmart, Microsoft, Sab Miller, etc.) sino que corresponden a los
“malos empresarios mercantilistas de antaño”.
La conclusión de Adam Smith es las
siguiente: “Por consiguiente el interés de esta tercera clase
(capitalistas) no se halla tan íntimamente relacionado como el de las otras dos
(terratenientes y trabajadores), con el general de la sociedad. Los
comerciantes y los fabricantes son, dentro de esta clase, las dos categorías de
personas que emplean, por lo común, los capitales más considerables y que,
debido a su riqueza, son objeto de la mayor consideración por parte de los
poderes públicos. Como toda su vida se halla ocupada en hacer planes y
proyectos, gozan de una mayor acuidad mental que los terratenientes. Sin
embargo, como su inteligencia se ejercita por regla general en los particulares
de sus intereses específicos, más bien que en los generales de la sociedad, su
dictamen, aún cuando responda a la mayor buena fe (cosa que no siempre ha
ocurrido),se inclina con mayor fuerza a favor del primero de esos objetivos que
del segundo (p. 240).
Siguiendo el razonamiento de A. Smith,
dado que los capitalistas han demostrado que piensan más en sus
intereses individuales que en los intereses de la sociedad, es necesario
que la sociedad, y en especial la clase trabajadora, tenga mucho cuidado con
las propuestas que suelen provenir de esta clase social, y recomienda que sus
propuestas deberán : “analizarse siempre con la mayor desconfianza, y
nunca deberá adoptarse como no sea después de un largo y minucioso examen,
llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par que
desconfiada”.(página 241)
En resumen: Adam Smith está a favor del
sistema capitalista y a lo largo de su obra nunca puso en duda la
capacidad de este sistema para lograr la riqueza y el bienestar de las
sociedades. Pero esa creencia en el capitalismo no le produce ceguera
intelectual ni moral frente a la conducta codiciosa de la clase capitalista, y
más bien advierte al resto de clases y al Estado para no caer en la
trampa de creer que lo que es bueno para los capitalistas es bueno para el
capitalismo.
Siempre he admirado el espíritu y la
honestidad académica de Adam Smith y de su obra. De igual manera, que me
causa respeto el talante ético de muchos autores liberales que en
la actualidad se niegan a tener un “liberalismo selectivo”
(equivalente a una moral selectiva) y que son capaces de mantenerse
en sus posturas liberales frente a temas tabú para las derechas
conservadoras, aunque esto implique la molestia de sus patrocinadores y/o
aliados. ¿Cómo no respetar la indignación de Mario Vargas Llosa
frente a la homofobia de la cultura latinoamericana en su artículo “A la caza
del Gay” en tanto negación del principio de libertad que subyace como
fundamento del liberalismo? ó ¿Como no recocer el coraje de Carlos
Montaner cuando desnuda públicamente en su artículo “El Vaticano
Inc.” lo que es un secreto a voces : que el Vaticano es la principal
corporación económica mundial y se comporta como lo hacen los peores monopolios
mercantilistas?.
Son personas de derecha, pero con
ideología liberal (que no es lo mismo) y por eso tienen la capacidad de
ver el capitalismo como un proyecto histórico que, para sobrevivir
en el largo plazo, paradójicamente necesita poner bajo control la codicia de
los capitalistas y de sus cuadros directivos y técnicos. Un espíritu parecido
tenía Adam Smith, y por eso los plumíferos e ideólogos (en el peor sentido peyorativo
del término) de la clase capitalista tienden a realizar una lectura selectiva –
cuando no distorsionada - de su obra; porque su objetivo no es la defensa
del sistema sino la defensa de los empresarios.
Parafraseando la famosa frase de Joseph Schumpeter
sobre Marx (“Marx no nos ha hecho marxista, pero si mejores economistas”), me
atrevería a sostener como hipótesis que si bien Adam Smith en el momento actual
de crisis sistémica del capitalismo difícilmente nos hará economistas
liberales, sí creo que tiene la capacidad de inspirarnos a ser economistas más
cultos/as, más decentes y sobre todo, más sensatos/as.
Nota: Todas las referencias bibliográficas
corresponden a la obra “Investigación acerca de la naturaleza y causa de la
riqueza de las Naciones”, Adam Smith, editorial Fondo de Cultura Económica,
México, décima reimpresión, 1999.
(*) Columnista de ContraPunto




